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15 marzo 2008

Aotearoa.


Como muchas otras veces, antes de poner los pies en este gran país no sabia que el nombre original y verdadero de Nueva Zelanda es Aotearoa. Que manía tenemos los europeos de llegar a los sitios y rebautizar las cosas!

Aotearoa es ademas un nombre mucho mas bonito. Los polinesios al llegar aquí atravesando el océano durante miles de kilómetros en sus primitivas barcas, lo primero que vieron fue una gran nube blanca sobre la isla y es así como la llamaron en Maori: Aotearoa.

Que significa eso mismo: la Isla de la gran nube blanca. Se nota que me gusta, no?

Aotearoa es un archipiélago, con tres islas que destacan por su tamaño: la isla Norte, la isla Sur, e isla Stewart aun mas al sur pero mas pequeñita. Mi viaje comenzó en Christchurch, la Isla Sur, a donde llegue un día antes que los ya míticos hermanos Korsakoff. Despues de pasar varios días allí finalmente alquilamos nuestra furgoneta y partimos para descubrir Aotearoa.

La primera parada fue Akaroa, un pueblo que todavía conserva parte de su origen francés. Akaroa es famoso sobre todo por la gran cantidad de fauna marina que habita en su bahía. Especialmente los delfines, que se pueden avistar con mucha facilidad. Nosotros íbamos a Akaroa para nadar con ellos. A medida que nos íbamos acercando a la península comenzamos a disfrutar de unas vistas alucinantes hacia lo que un día fue el cráter de un gigantesco volcán. Elegimos la ruta alta y por culpa de eso nos vimos obligados a parar infinidad de veces para admirar el paisaje. Verdes colinas hasta llegar a un mar demasiado azul. El horizonte y el océano se fundían sin poder distinguir bien cual era uno y cual el otro.

Finalmente llegamos a Akaroa y nos dirigimos a cumplir nuestra misión. Pero no hubo suerte, hay un numero de plazas limitadas para nadar con los delfines, y esta vez estaban todas cubiertas. Dejamos Akaroa un poco apesadumbrados, pero esperanzados de poder cumplir nuestra primera misión fallida en alguna otra ocasión...

Continuamos nuestro camino y a medida que se hacia de noche, buscamos un lugar donde poder parar, preparar una rica cena y dormir tranquilamente. Lo hicimos cerca de Darfield, un pequeño pueblo que encontramos en nuestro camino hacia Aoraki, la montaña sagrada y meta de nuestro segundo día. Encontramos un pequeño descampado al lado de un camino de tierra por donde no parecía haber pasado nadie en los últimos 15 años.

Y allí mágicamente como el mecanismo de un reloj nos coordinamos para hacer todas las tareas de manera milimétrica. El te con galletas a la luz de las estrellas en un lugar perdido en Aotearoa fue un final de primer día ideal. Y allí, agolpados en la parte de atrás de nuestra furgoneta, nuestros tres cuerpos hombro con hombro cual sardinillas escabechadas en lata, dormimos hasta el amanecer con la llegada de un nuevo día.