A las 9 de la noche, y después de un viaje imposible con 3 vuelos y 36 horas de duración, llegué a Buenos Aires. Siempre había visto ese momento, la llegada al último destino de mi viaje, como algo lejano, como si el tiempo no pasara. En realidad pasa demasiado rápido y desde entonces mi mente comparte el espacio entre la ilusión por las semanas maravillosas que me regalará Argentina y los increíbles momentos ya vividos a lo largo de los últimos meses. Es inevitable de alguna manera, pero también es señal de que estoy viviendo algo muy grande que jamás podré olvidar.
Me dieron las 11 cuando finalmente toqué al timbre del albergue elegido, y casi las 12 cuando por fin salí a dar unos pocos pasos en busca de comida por la famosa Avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo dicen (y yo me lo creo).

A la mañana siguiente me encontraba muy cansado y con un poco de dolor de cabeza, seguramente debidos al viaje, así que me lo tomé relajadamente. Dormí mucho e hice la colada en una lavandería cercana, pero que me obligó por primera vez a cruzar la gigantesca Avenida con su majestuoso Obelisco. Hay que tomárselo con calma, es imposible cruzarla toda de un tirón.



El primer guiño que me dio Argentina fue cuando fui a cenar esa misma noche en una pequeña tasca del típico barrio de San Telmo. Me atendió un jovial y pícaro camarero con un exquisito trato más propio de El Bulli que de bar de barrio, pero me hizo reír con sus exagerados gestos y sus alabanzas. Cuando le pedí una Quilmes ni corto ni perezoso me dijo que no me preocupara, que me iba a traer una cerveza muuuucho mejor. Él ya me tenía convencido, pero cuando la trajo quería una confirmación y la probé delante suyo. No pude por menos que dársela con una gran sonrisa en los labios. Sé muy poco de cervezas pero este tipo era genial y me tenía ganado.
Frente a mi había un chico rubio de ojos azules que no parecía Argentino. Aunque no estábamos en la misma mesa, fue inevitable comenzar a charlar. Jess es de Dinamarca, pero lleva viviendo en Buenos Aires con su novia bonaerense 5 años. Ama viajar tanto como yo, así que conectamos estupendamente desde el principio. Le brillaban los ojos cuando le contaba algunas anécdotas de mi trayecto, recordando él mismo los tiempos en que viajaba durante meses. La verdad es que él también tenía mucho que contar y seguramente también pudo apreciar el brillo en los míos. Terminamos nuestras cenas y fuimos a tomar un cafecito a un local muy típico de San Telmo. Después Jess me acercó con su coche al albergue y quedamos en contacto para volver a encontrarnos. Qué rara es la vida a veces… prácticamente la primera persona que conozco en Argentina es un danés. Pero fue fantástico.

El día siguiente comencé a patear de verdad la ciudad. Esta vez asistido de Javi, un tipo genial y amigo de un foro de fútbol en Internet que frecuento (www.forobarcelona.net). Hay que ver… 21 añitos y el tío tiene una de las cabezas mejor amuebladas que conozco. El “Dylan porteño”, como creo que se le empieza a conocer, me llevó de aquí para allá sin parar en unos paseos alucinantes, y además llenos de historia y anécdotas. Si no le conociera diría que estuvo toda la noche estudiando, pero os aseguro que el tío salió así de culto. Como no podía ser de otra forma, me llevó a la Boca, con su precioso y colorido Caminito. Y la Bombonera, estadio de Boca Juniors donde hicimos un tour y coincidimos con Martín Palermo que estaba en medio de una sesión de fotos. Después seguimos recorriendo otros lugares de interés, hasta que me devolvió a mi albergue ya agotado.





Mi último día en Buenos Aires lo pasé otra vez con Javi y un par de buenos amigos suyos visitando lugares como Recoleta, con su famoso cementerio donde yace entre otros Evita Perón.

El bueno de Javi nos invitó a comer en el Club de Golf, que gestiona su papá, y coincidimos allí con un exgolfista profesional Eduardo Romero (http://www.eduardoromero.com/) que estaba siendo grabado para la televisión.

El gran Eduardo Romero, que suerte poder verlo en su tierra

Después el Jardín Botánico y por último nos despedimos hasta mi regreso antes de partir definitivamente para España, pues tengo que pasar de nuevo por allí.

Buenos Aires ya me ha encantado, con sus barrios “españoles”, su gigantesca avenida y su Obelisco, y los simpáticos porteños. Y ahora a descubrir el resto de Argentina. A encontrarme con Marcelo y con Jessica, glaciares, montañas, cataratas y argentinos… lo que me espera todavía….